sábado, 30 de octubre de 2010

Capítulo 1, parte 3

Todos los comensales se lanzaron bajo sus mesas y la sala se llenó de gritos de miedo en cuanto empezó el tiroteo en la habitación privada. Kati fue arrastrada por Daniel tras una mesa volcada, mientras que el shock inicial daba paso a la estupefacción, no sólo porque hubiera mercenarios en uno de los niveles superiores, sino también porque se organizara semejante altercado en un nivel tan alto. Desde detrás de la mesa, pudo observar cómo la puerta de la habitación privada, agujereada por las balas, reventaba hacia fuera debido a la patada de uno de los mercenarios, mientras el resto le cubría las espaldas. Éstos utilizaron mesas, sillas y todo tipo de objetos grandes como trincheras sin dejar de disparar sus pistolas láser, mientras una decena de soldados de la empresa religiosa salían de la habitación privada y comenzaban a dispararles a su vez. Una mujer fue alcanzada al otro lado de la habitación, Kati no sabía si por los soldados o los mercenarios, que comenzaron a retroceder por la habitación hacia la ventana.

A su lado, Daniel comenzaba a respirar rápidamente, seguramente debido a una crisis de ansiedad, mientras tiraba de ella para que escondiera su cabeza completamente tras la mesa. Como si los láser no fueran a traspasar estas mesas tan finas, pensó, sin hacerle caso a su acompañante y asomando nuevamente la cabeza, para ver cómo el semielfo era lanzado por una descarga eléctrica a varios metros de distancia, cerca de donde estaba. Se percibía desde allí cómo los implantes electrónicos que el mercenario llevaba insertados en los músculos para aumentar su velocidad y fuerza comenzaban a reaccionar a la descarga y ella se estremeció. En su corta carrera como enfermera había visto lo que le podía pasar a un hombre que llevara esos implantes y se expusiera a la corriente eléctrica, pero también sabía qué hacer para evitarlo. Sin pensarlo, salió de la poca protección que le brindaba la mesa con la intención de evitar que el hombre acabara siendo un vegetal. Utilizó como instrumentos los cubiertos y todo lo que tuvo a mano y finalmente logró parar el cortocircuito, aunque temía no haber llegado a tiempo, porque el semielfo estaba inconsciente en el suelo. Tras unos segundos que se le hicieron interminables, abrió los ojos levemente y supo que se recuperaría. Intentó evitar que se incorporara, pero inmediatamente apareció el enano y la apartó de él con brusquedad, apuntándola con la pistola láser. Kati se quedó paralizada en el sitio, incapaz de escapar. El semielfo, haciendo un esfuerzo, puso la mano sobre el enano y dijo con voz entrecortada:

-No me atacaba. Me ha salvado la vida.

El enano dejó de apuntarla con el arma y siguió disparando a los soldados. Tras una última mirada, el semielfo cogió la pistola láser que se le había caído y siguió a sus compañeros en su retirada hacia la ventana. De repente, se oyó un ruido estrepitoso y una aeronave de asalto con la puerta abierta apareció cerca de la ventana. Los mercenarios destrozaron ésta y, ayudando al semielfo, saltaron al interior de la aeronave, que rápidamente se perdió en la distancia.

Los soldados corrieron hacia la ventana, pero ya era demasiado tarde y un tenso silencio se impuso en el restaurante. Kati suspiró de alivio, pero, cuando la tensión empezaba a desaparecer, notó una mano de acero rodeando su brazo que la hizo volverse bruscamente.

sábado, 23 de octubre de 2010

Capítulo 1, parte 2

Según ascendían, Kati se dio cuenta de que no iban al nivel tres, sino al nivel dos. Esto era realmente inusual y Kati no pudo evitar pensar que Daniel se había equivocado de plantas. Cuando se lo dijo, su jefe le lanzó una mirada que le dejó bien claro que no había equivocación alguna, y que más le valía mantener la boca cerrada. Forzada a mantenerse callada, cosa que no la costaba mucho, se tragó su curiosidad y se limitó a mirar en todas direcciones asombrada. Lo primero que la sorprendió del nivel dos fue que las fragancias artificiales no tenían que saturar el ambiente para enmascarar nada ya que los árboles no desprendían ese olor tan desagradable. De hecho, parecían casi tan naturales como el bonsai que se había empeñado en conservar a pesar de la prohibición. Además, pudo ver que el parque tenía jardineros, nada menos que elfos, y que la tierra era tierra de verdad y no la mezcla artificial que había en los parques de su nivel.

Las formas estaban más cuidadas y había una cierta belleza en el lugar de la que carecían los parques a los que estaba acostumbrada. Fascinada con los elfos, a los que no podía quitar el ojo de encima, casi tropezó con Daniel, que se había vuelto enfuruñado al ver que ella no seguía su ritmo. Agarró su muñeca y la llevó casi al rastro por las calles, que eran muy anchas y no tenían edificios de apartamentos diminutos, sino pequeñas casas individuales adosadas. Además, no se veía ni rastro de transportes públicos, sino que la gente andaba plácidamente o se dejaba llevar por las aceras mecánicas.

Daniel la condujo a un restaurante que parecía sacado de los cuentos de su infancia, donde las mesas eran para dos o tres personas en vez de para catorce y no había autoservicio, sino que debían elegir el menú en una carta y un camarero les llevaba la comida a la mesa. No tuvo oportunidad de elegir qué comer, ya que Daniel pidió por ella, pero, aunque la ensalada no la gustaba en absoluto, cuando probó ésta se dio cuenta de que no sabía a plástico, sino que tenía una infinidad de sabores que nunca había probado antes.

Daniel dejó que disfrutara de los entrantes y finalmente explicó el motivo de su sorprendente velada. Por alguna extraña razón, había decidido que ella sería su próxima esposa. Kati casi se atragantó al escuchar semejante cosa, habiendo esperado una proposición para ser amantes o algo similar, cosa que hubiera podido rechazar con mucho más tacto teniendo en cuenta la empresa religiosa en que se encontraban. Finalmente, consiguió decir:

-¿Y por qué habría de querer alguien de nivel 2 casarse con alguien de nivel 4?- preguntó estupefacta, pero antes de que Daniel dijera nada añadió –O mejor dicho, ¿por qué habría de aceptar el gobierno de esta empresa semejante cosa?

Era la pregunta correcta, teniendo en cuenta los problemas que había simplemente para casarse dentro del mismo nivel con alguien que no había sido asignado por la propia empresa y aprobado por los sacerdotes. No quería ni imaginar los problemas que debía haber para casarse con alguien de un nivel inferior.

Daniel no sólo no respondió más que con un simple “no hay que preocuparse por eso” que le dio a entender que la cosa estaba arreglada y había poca escapatoria, sino que además empezó a explicarle todas las ventajas de las que iba a disfrutar y cuales serían sus obligaciones como esposa. Un murmullo de alarma interrumpió su disertación, y Kati se giró para ver qué pasaba. Rápidamente se le aceleró el corazón al ver a un semielfo vestido completamente de cuero negro, con una enorme pistola láser y varios cuchillos en el cinturón y el pelo negro largo y suelto. Iba acompañado de una humana, un elfo y un enano que vestían también de forma extraña y se movían con el mismo aire de seguridad. El semielfo miró en su dirección y ella sintió una especie de corriente eléctrica entre los dos, que fue cortada de pleno por Daniel, que agarró su mano y la dijo que no mirara hacia el grupo.

-¿Quiénes son? –preguntó ella.

-Deben ser incursores, mercenarios.

-¿Aquí en el complejo?

-Si están aquí es que tienen un permiso especial para estar, así que ignórales y no te metas en sus asuntos –dijo enfadado, tras lo cual siguió con su discurso mientras el grupo se metía en una sala privada. Poco después, su discurso volvió a ser interrumpido, esta vez por el sonido de disparos.

sábado, 16 de octubre de 2010

Capítulo 1, parte 1

Kati miraba por la ventana del pequeño apartamento que tenía asignado desde que empezó su último trabajo como secretaria en la sección de prensa de la compañía religiosa en la que había vivido toda su vida. En el último año, desde que la compañía había decidido que estaba en edad de trabajar, había cambiado de apartamento nada menos que seis veces, tantas como trabajos le habían asignado (primero de enfermera, luego de auxiliar sanitario, de encargada, de transcriptora, de vendedora de drogas legales y finalmente de secretaria). En ningún momento había salido del nivel cuatro, el antepenúltimo de ellos, y no esperaba llegar a salir nunca, ya que la gente solía nacer, crecer y morir siempre en el mismo nivel. No obstante, el trabajo como secretaria le gustaba más y pretendía no echar a perder su puesto, más que nada por no volver a mudarse y arriesgarse a que se descubrieran en la mudanza sus escasos libros y su bonsai natural, objetos que ya nadie tenía y que debería haber mandado al museo de antigüedades en cuanto recibió la circular.

Una llamada a la puerta la sacó de sus ensoñaciones. Nada más abrirla, sus amigas irrumpieron en la habitación. Kati frunció el ceño. No eran realmente sus amigas, sino que se las habían asignado también, como todo en su vida, después de realizar una infinidad de test de personalidad. En teoría, aunque no lo decían con esas palabras, las habían juntado porque todas ellas tenían alguna tara psicológica que las impedía moverse perfectamente por la sociedad, aunque Kati se sentía tan incómoda con ellas como con cualquier otra persona de su círculo.

No se llamaba a engaños sobre el motivo de su visita. Esa mañana, su jefe, que era del nivel dos, la había invitado a cenar. A ella no le gustaba ese hombre, que le doblaba la edad y se creía superior a todo el mundo, pero una invitación de una persona que está dos niveles por encima de ti bien podía ser tomada como una orden y se había visto obligada a aceptar y a fingir que la idea la entusiasmaba.

-Pero bueno, ¿todavía estás así?

No tuvo más remedio que dejarse hacer mientras sus amigas asignadas elegían su ropa y complementos, la peinaban y la maquillaban. No obstante, declinó la oferta de ingerir drogas para eliminar los nervios. No estaba nerviosa y detestaba tomar todo tipo de drogas, lo que la ponía en situaciones difíciles cuando era protocolo social tomarlas. Al final, había aprendido a fingir que las tragaba y mantenerlas en la boca hasta que encontraba el modo de escupirlas sin que nadie se diera cuenta. Por suerte, no era muy habladora y nadie se daba cuenta de que no había llegado a tragar las pastillas.

Una vez arreglada, la sacaron de su apartamento y la metieron en el primer transporte que encontraron para llegar al parque central del nivel, en cuyo centro, al lado de los ascensores principales, la esperaría su jefe, Daniel. Kati siempre evitaba los parques, que no tenían nada de naturales. Se habían creado para mantener la esfera gigante que cubría la ciudad y los complejos de las empresas limpios y a rebosar de oxígeno, que tanta falta hacía en el exterior de las esferas. Estas plantas, modificadas genéticamente para ser hipoalérgicas y limpiar el aire tres veces más rápido que las plantas naturales, sobrevivían gracias a las máquinas que tenían conectadas a sus raíces y desprendían un olor bastante desagradable, torpemente enmascarado por las fragancias artificiales que inundaban el ambiente.

Ahondando la mueca de disgusto que había crecido en su cara desde que sus amigas habían irrumpido en la tranquilidad de su apartamento, Kati se internó en el parque en dirección a los ascensores, en cuyo acceso exterior una orca vestida con traje de chaqueta la detuvo. Los no humanos habían sido difíciles de ver hasta hacía bien poco en los complejos de las empresas religiosas, que habían sido creadas precisamente para mantener a los humanos lejos de las criaturas que habían invadido su mundo. No obstante, últimamente muchos de los no humanos eran incorporados a la vida de las organizaciones, a instancias de los gobiernos y debido a los deseos de evitar una nueva guerra con las poderosas criaturas. Kati iba a enseñarle su acreditación cuando Daniel, que ya estaba dentro, apartó a un lado con rudeza a la orca y la condujo hasta los ascensores de subida. Kati le miró extrañada, ya que, si bien las personas de un nivel podían moverse por su nivel y por otros más bajos, nunca podían acceder a los niveles superiores. Su jefe se limitó a pasarle una acreditación temporal y prácticamente la empujó al ascensor, donde entró algo aturdida, preguntándose por qué iba a ser ella una de las pocas favorecidas para ascender al nivel tres.