Al final, había resultado que los guardias no supusieron problema alguno, ya que dos de ellos estaban durmiendo la mona, a juzgar por la gran cantidad de botellas que les rodeaban, uno jugando al solitario y el resto, misteriosamente ausentes, habían dejado sus dispositivos de rastreo en la puerta, pero de ellos no había ni rastro. Estaba claro que no había mucho movimiento en el parque, y tanto menos en los ascensores.
No fue difícil hacer que el único desvelado se durmiera plácidamente, aunque por precaución extendieron el hechizo de sueño a los otros dos individuos por si acaso y exploraron los alrededores por si el resto estaba cerca. Hecho esto, el grupo se dirigió hacia los ascensores, que se abrieron a pesar de que no tenían tarjetas ni identificaciones gracias a PF, y comenzaron a subir. Como por arte de magia, cada vez que sobrepasaban un nivel los dispositivos electrónicos de los de seguridad de esa planta se volvían locos por unos instantes, lo suficiente para que el ascensor lleno de incursores pasara completamente desapercibido.
Unos minutos después llegaron al nivel uno y, ahora transformados en adinerados y elegantes residentes, se dirigieron nuevamente, separados en una pareja y un trío, a la sede del Departamento de Asuntos Internos. Antes de que se perdieran de vista, Kati, que iba con Ares, les llamó de nuevo.
––¿Qué pasa, princesa? ––preguntó el semielfo por todos.
––Esto no va a funcionar, no parecemos de aquí.
––Tonterías ––gruñó Roca ––. Vamos perfectamente vestidos y el hechizo que hay sobre mí me hace parecer más alto.
––Vestidos, quizás, pero no camuflados ––respondió Kati.
––No veo la diferencia.
––Creo que Kati tiene razón ––apuntó Sombra––. Tú no te has visto andar, incluso a mí me ha chocado, y eso que no soy de este nivel ni de una burbuja. Tu forma de moverte no es precisamente muy elegante ¿sabes?
––Y tú, Sombra, ahora que lo pienso, pareces demasiado grácil para una persona que se supone sedentaria ––soltó Ares en tono ligeramente burlón.
––Tú tampoco te quedas atrás ––dijo Kati––. Te mueves como si fueras a comerte el mundo.
––Vaya, creí que eso te gustaba de mí… ––susurró Ares en tono sugerente, y acercándola más hacia sí la besó––. ¿Y acaso no es eso lo que se creen estos mandamases?
––Sí, pero ellos temen por su seguridad y tú no demuestras esa cautela ––respondió ella algo sonrojada, pero sin despegarse de su abrazo––. Además, Amanecer se siente incómodo, eso se nota, y yo creo que tampoco lo estoy haciendo muy bien.
––Supongo que tienes razón. Tendremos que recurrir al plan b. De todas formas, tardaremos menos así ––reflexionó el semielfo haciendo un gesto al clérigo, que comenzó a realizar unos pases mágicos para volverles invisibles.
Avanzaron sin ningún problema por las calles, evitando a las pocas personas que paseaban y disimulando fácilmente su presencia. No obstante, justo antes de traspasar el recinto de la sede del Departamento de Asuntos Internos, una alarma mágica se activó y dos espectros de ojos rojos y brillantes aparecieron de la nada.
No fue difícil hacer que el único desvelado se durmiera plácidamente, aunque por precaución extendieron el hechizo de sueño a los otros dos individuos por si acaso y exploraron los alrededores por si el resto estaba cerca. Hecho esto, el grupo se dirigió hacia los ascensores, que se abrieron a pesar de que no tenían tarjetas ni identificaciones gracias a PF, y comenzaron a subir. Como por arte de magia, cada vez que sobrepasaban un nivel los dispositivos electrónicos de los de seguridad de esa planta se volvían locos por unos instantes, lo suficiente para que el ascensor lleno de incursores pasara completamente desapercibido.
Unos minutos después llegaron al nivel uno y, ahora transformados en adinerados y elegantes residentes, se dirigieron nuevamente, separados en una pareja y un trío, a la sede del Departamento de Asuntos Internos. Antes de que se perdieran de vista, Kati, que iba con Ares, les llamó de nuevo.
––¿Qué pasa, princesa? ––preguntó el semielfo por todos.
––Esto no va a funcionar, no parecemos de aquí.
––Tonterías ––gruñó Roca ––. Vamos perfectamente vestidos y el hechizo que hay sobre mí me hace parecer más alto.
––Vestidos, quizás, pero no camuflados ––respondió Kati.
––No veo la diferencia.
––Creo que Kati tiene razón ––apuntó Sombra––. Tú no te has visto andar, incluso a mí me ha chocado, y eso que no soy de este nivel ni de una burbuja. Tu forma de moverte no es precisamente muy elegante ¿sabes?
––Y tú, Sombra, ahora que lo pienso, pareces demasiado grácil para una persona que se supone sedentaria ––soltó Ares en tono ligeramente burlón.
––Tú tampoco te quedas atrás ––dijo Kati––. Te mueves como si fueras a comerte el mundo.
––Vaya, creí que eso te gustaba de mí… ––susurró Ares en tono sugerente, y acercándola más hacia sí la besó––. ¿Y acaso no es eso lo que se creen estos mandamases?
––Sí, pero ellos temen por su seguridad y tú no demuestras esa cautela ––respondió ella algo sonrojada, pero sin despegarse de su abrazo––. Además, Amanecer se siente incómodo, eso se nota, y yo creo que tampoco lo estoy haciendo muy bien.
––Supongo que tienes razón. Tendremos que recurrir al plan b. De todas formas, tardaremos menos así ––reflexionó el semielfo haciendo un gesto al clérigo, que comenzó a realizar unos pases mágicos para volverles invisibles.
Avanzaron sin ningún problema por las calles, evitando a las pocas personas que paseaban y disimulando fácilmente su presencia. No obstante, justo antes de traspasar el recinto de la sede del Departamento de Asuntos Internos, una alarma mágica se activó y dos espectros de ojos rojos y brillantes aparecieron de la nada.








0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada